Tengo la manía de levantar los papeles que encuentro en mi camino. Hoy, antes de terminar de cruzar una calle muy transitada (la verdad es que no importa cuál), encontré una carta. El papel estaba hecho bola y por poco lo dejo en el suelo. Pero noté que estaba lleno de palabras, escrito por ambos lados, tachoneado, también tenía polvo y aceite. Y supe entonces que G se suicidó o se intentó suicidar o tenía intenciones de hacerlo: ya no tengo ganas de vivir, eso es todo. Estoy cansado. Tengo 93 años viviendo, creo que es normal que esté cansando. Pero yo no voy a esperar la muerte. Enfermo, acostado, cada vez más tieso ¿quién ha vivido hasta los 93 y siente que le hacen falta cosas por hacer y ver? No puedo separarme del que soy. Del cuerpo que tengo. Soy un viejo en bastón que no puede salir a la calle más de cuarenta minutos porque regreso con el pantalón meado. Tengo un par de nietos que viven lejos. Sólo los conozco por foto. Sólo he escuchado su voz por teléfono. A lo lejos la madre les recuerda 'dile a tu abuelo que lo extrañas que esta navidad sí iremos a visitarlo'. No tengo ganas de conocerlos. Han de ser una lindas criaturas. Pero yo no puedo ser su abuelo. No quiero serlo. Paso la mayor parte de mis días en silencio. O en un diálogo interior en el que mi yo y mi otro yo nunca están de acuerdo, se dicen barbaridades. Yo no sabía que pensaba eso de mí pero es la edad. Con la edad me he agarrado un odio a mí mismo. Ángela, eres la única persona que tengo cerca y que tengo. Por eso a ti te escribo. Sabes cómo me siento porque siempre me estás observando. Sabes que sufro de esta terrible enfermedad. Sabes que la vejez no tiene cura. Me molesta respirar. Me siento exhausto nomás de pensar que tengo que masticar algo. No quiero moverme ni en mi propio departamento. No quiero volver a caminar ni un solo paso. Mi hijo tiene años con mi testamento, sabe lo que debe hacer para que yo forme parte su pasado. Dile lo que quieras. Enséñale esta carta o dile que no supiste qué pasó. Ojalá los médicos no le dijeran que su padre se mató a los 93 años. Esta frase le daría a entender todo aquello que no es. Y si le dicen esto por favor dile algo. Sabe que lo quiero. Que nunca lo dejé de querer. Que si no hemos hablado por veinte años no es porque lo haya dejado de querer. Espero tu también sepas que aunque no hablamos también te quiero. No tengo más que escribir. Estoy cansado. Gracias Ángela. G.
Y así terminaba la carta. La volví a hacer bola pero la guardé en mi pantalón.
lunes, 27 de febrero de 2012
domingo, 26 de febrero de 2012
domingo
Nos hemos levantado sudando. Ayer Lucía compró una botella de vino y chocolates. Llegamos a casa, abrimos la botella, tomamos una copa y comimos chocolates. Compró también un chocolate ¿gourmet? puede ser. Caro. 85 por ciento cacao. Rico. Después de un tiempo regresamos a comer chocolates comerciales. Como canicas con un relleno merengoso de fresa. Crudas. Ambas andábamos crudas. A mí me gusta estar cruda. A Cíula. Lucía lo odia. La comida más grasosa, azucarada y condimentada es la que nos sabe mejor. Por eso tal vez despreciamos el chocolate caro, que está guardado otra vez en la alacena. Cíula pide licencia de comer cualquier cosa en estos días de cruda. Lucía otorga la licencia con un poco de culpa. Nos terminamos el paquete de canicas de estos seudo-chocolates con relleno de fresa. Encendemos una luz roja. Nuestra favorita. De aparador de puta en la ciudad de Amsterdam. Coincidimos en pocas cosas. Lucía odia tomar. Cíula no puede parar de hacerlo cuando empieza. Cíula odia correr. Cíula no quiere pensar en mover una pierna. Mientras Lucía una vez que comienza correr no puede detenerse. Pero a ambas nos gusta esta luz roja. Pusimos música. Beethoven. Chopin. Por primera vez escuchamos este tipo de música. A fuerza de repetición también nos ha terminado gustando. Y nos dormimos. No fue un sueño plácido y profundo sino sueños en los que estuvimos a punto de caernos de una banqueta y luego de una montaña. Entonces abrimos los ojos y estamos en el sillón, la luz es roja, el vino está servido. Pudimos haber trabajado en la novela. Pero siempre tenemos buenas excusas. La que escribe soy yo Lucía. La que dicta es Cíula casi siempre. Nos despertamos tantas veces por la noche que a las 6:30 nos levantamos de la cama. Es hora de ponernos a escribir decimos. Pero lavamos platos, pelamos unos chiles tatemados, acomodamos ciertas cosas. Y ahora escribimos pero escribimos esto. Que no es la novela. No.
El tiempo. El puto tiempo se siente tan distinto a como pasa en los relojes de todas partes. Y todos los relojes coinciden. Son las 7:44, eran las 6:30. Una hora y catorce minutos de pensar en escribir y no hacerlo ¿Decidia? Nos ahogamos en reflexión. Te ahogas, dice Cíula porque ella no. Entonces pensamos en intentar cortar el tiempo. Echarle limón a leche. Intentaremos hacer tanto y tantas cosas que veamos 7:47 a 7:49. Es como el maratón, la llamada ignorancia también puede ser el tiempo. Avanza antes que tu casi siempre. Y luego logras adelantarte unos pasos sabiendo que en algún momento volverá a alcanzarte. Con la esperanza de que lo vuelvas a alcanzar también.
Puto tiempo no te llevarás nuestro domingo así nomás. Escribiremos.
El tiempo. El puto tiempo se siente tan distinto a como pasa en los relojes de todas partes. Y todos los relojes coinciden. Son las 7:44, eran las 6:30. Una hora y catorce minutos de pensar en escribir y no hacerlo ¿Decidia? Nos ahogamos en reflexión. Te ahogas, dice Cíula porque ella no. Entonces pensamos en intentar cortar el tiempo. Echarle limón a leche. Intentaremos hacer tanto y tantas cosas que veamos 7:47 a 7:49. Es como el maratón, la llamada ignorancia también puede ser el tiempo. Avanza antes que tu casi siempre. Y luego logras adelantarte unos pasos sabiendo que en algún momento volverá a alcanzarte. Con la esperanza de que lo vuelvas a alcanzar también.
Puto tiempo no te llevarás nuestro domingo así nomás. Escribiremos.
sábado, 25 de febrero de 2012
comencé
La novela. Tengo tiempo diciendo voy a escribir una novela y no lo hacía. Ahora que lo hago no logro convencerme que lo estoy haciendo. Pienso más en el hecho de cómo escribir cuándo escribir sobre qué escribir; que en escribir. Parece lo mismo. Pero escribir es escribir. Pensar en escribir es hipotético. Y luego pienso de todo aquello que no estoy escribiendo. De esto no estoy escribiendo, de esto no puedo escribir en esto que estoy escribiendo. Basta. Solo escribe. Eso me digo. Eso se dice.
Sí. Está naciendo, poco a poco: un alter ego. Esa que soy cuando escribo. En la que me convierto. Cuando no debo ser yo para ser la yo que solamente escribe. A la que tengo meses masticando su nombre. Mi nombre. Su nombre. Cíula. Quién es Cíula. Quién soy. Es por mucho mejor que Lucía y por mucho una mujer terrible. Por terrible entendemos majadera, despistada, libertina, hija de puta, asexual, atea, ingenua e ingeniosa, creativa, rebelde, honesta, enamorada. Es lo peor y lo mejor de mí. Soy lo peor y lo mejor de mí. Eres. Esta es Cíula. Yo. Ella. Tú. Yo soy Cíula y estoy escribiendo una novela. La primera en mi vida. En nuestra vida. Si yo no escribiera yo no existiera y punto. Esa es Cíula. Esa soy. Cíula. Mucho gusto. Hipócrita. Siempre. Altanera. Mentirosa. Verdadera. Ella. Yo.
lunes, 22 de agosto de 2011
un jabaterío
Un jabaterío[1]
Como ayer, camino hasta ahí
lo mismo, lo mismo, lo mismo:
y luego el ataque:
un jabaterío infalible
un jabaterío que me jalaba
un jabaterío que me batía
un jabaterío que tendió hasta a mí un maldito río
volteé hacia atrás:
¿de dónde? pensé
pero eso al jabaterío no le importa;
así que me embarqué en una llanta
una llanta de amunyunero
una llanta como llave al llanto de cualquier viejo viajero
a mi paso las cabezas se volvían grises,
será por el jabaterío o por la llanta o por el llanto:
un llanto urgüendo, fizcandipio, mácrico, cedáneo;
eso sucede cuando pones el pie al primer paso,
fuera del ayer:
esperando encontrarlo, creyendo: lo mismo, lo mismo, lo mismo
tragué salvia y no saliva junto con el llanto urgüendo
y con el ayer cedáneo
la llanta se ancoró a las ísdufes amaranto
el hoy me tendió su mano enguantada en plástico,
yo fui acercando la mía mientras pienso:
un jabaterío:
eso es lo que pasa cuando sacas un pie del ayer
y luego el otro: un jabaterío.
[1] No es algo nuevo la invención de algunas palabras para incluirlas en algún poema. Del RAE: Jitanjáfora[1]. 1. f. Enunciado carente de sentido que pretende conseguir resultados eufónicos.
[1]Palabra inventada por el humanista mexicano Alfonso Reyes, 1889-1959.
domingo, 7 de agosto de 2011
si vuelves
(esto es si vuelves
y de todos modos es, aunque sólo existe como un supuesto: es)
Si vuelves. Te tomaré de la mano sólo cuando quiera
te la buscaré sin verla
nuestras manos como un corazón
no como la figura que dibujan las niñas en su cuaderno
sino como el músculo que palpita y vierte sangre
y de sangre se alimenta
Si vuelves. Me sentaré en la sala de espera de tu conciencia
hojearé las revistas de tus pensamientos hasta pasar,
me detendré en tus ojos hasta que los míos se sequen
o hasta que tu los cierres
le quitaré la vida a todo reloj
haré un trato con el sol y la luna para que nos dejen a solas
Si vuelves. Estaré todo el día desnuda, caminando de aquí para allá
disfrutando de estar
Si vuelves. Cavaré un agujero en la tierra de nuestro desierto
escogeré el lugar al azar
para enterrar hasta al fondo mi miedo
por si se me ocurre irlo a buscar
no encontrar su paradero, y preguntarme ¿qué iba a buscar?
y volver con el cuello a 90 grados
envuelta en el manto de cielo donde guardo tus besos para que mis labios no se tornen violetas de frío por aquello del ocio en mi soledad: voltear mi piel de adentro hacia afuera nomás por nomás.
Si vuelves. Estaré columpiando mis ganas al aire del parque, me impulsaré lo más alto hasta alcanzarte, y será siempre por hoy y hoy será simpre.
Si vuelves. Desde allá levanta tu mano, camina en zig zag, sonríele al viento
abrázame duro hasta volvernos piedra
y venzamos las lenguas de fuego de aquellas bestias humanas de miedo
y luego brotemos en olas de mar, que vienen y van, invitando a la luna al baile de hoy porque hoy será siempre, si vuelves.
y de todos modos es, aunque sólo existe como un supuesto: es)
Si vuelves. Te tomaré de la mano sólo cuando quiera
te la buscaré sin verla
nuestras manos como un corazón
no como la figura que dibujan las niñas en su cuaderno
sino como el músculo que palpita y vierte sangre
y de sangre se alimenta
Si vuelves. Me sentaré en la sala de espera de tu conciencia
hojearé las revistas de tus pensamientos hasta pasar,
me detendré en tus ojos hasta que los míos se sequen
o hasta que tu los cierres
le quitaré la vida a todo reloj
haré un trato con el sol y la luna para que nos dejen a solas
Si vuelves. Estaré todo el día desnuda, caminando de aquí para allá
disfrutando de estar
Si vuelves. Cavaré un agujero en la tierra de nuestro desierto
escogeré el lugar al azar
para enterrar hasta al fondo mi miedo
por si se me ocurre irlo a buscar
no encontrar su paradero, y preguntarme ¿qué iba a buscar?
y volver con el cuello a 90 grados
envuelta en el manto de cielo donde guardo tus besos para que mis labios no se tornen violetas de frío por aquello del ocio en mi soledad: voltear mi piel de adentro hacia afuera nomás por nomás.
Si vuelves. Estaré columpiando mis ganas al aire del parque, me impulsaré lo más alto hasta alcanzarte, y será siempre por hoy y hoy será simpre.
Si vuelves. Desde allá levanta tu mano, camina en zig zag, sonríele al viento
abrázame duro hasta volvernos piedra
y venzamos las lenguas de fuego de aquellas bestias humanas de miedo
y luego brotemos en olas de mar, que vienen y van, invitando a la luna al baile de hoy porque hoy será siempre, si vuelves.
martes, 2 de agosto de 2011
tatuaje
(Tátau: marcar o golpear dos veces.)
Y de seguro más y no es necesaria la tinta, ni la aguja, ni buscar el diseño, ni preguntar si el tatuador es bueno y cuánto cuesta. Porque hay tinta espesa como la sangre, incolora como las lágrimas, permanente como las cicatrices, las profundas, las que contemplas una y cien veces através de los años, y ahí te quedas, minutos-hora suspendido pensando ¿cómo fue que me hice esto? ah sí, y luego en efecto dominó vienen todos los sucesos y luego otros recuerdos que ya nada tienen que ver con aquel que te perforó la rodilla, la cabeza o la cara.
He estado pensando en acerme un tatuaje, pero me siento obligada a realizarme varios, un montón, uno por cada recuerdo albergado al fondo de mi piel, sumergido, y así impulsarlo al relieve, a la epidermis, que otros sepan de mis gustos, de mis muertos y mis ayeres, ayeres albergados en el hoy, donde se mantienen vivos, donde no son el ayer y seguro serán el mañana. No habría espacio libre para alguna cicatriz o lunar, ni si quiera una peca, mi cuerpo tendría que estar totalmente entintado, de colores y formas, de recuerdos y momentos capturados, encerrados en una palabra en japonés o en arameo, en un árbol, un corazón o la Virgen de Guadalupe.
Me tatuaría sin duda las arrugas de las manos de mi abuelo, el fragmento de un poema en zapoteco, el ojo que esperó mi abuela hasta su muerte, las marcas en la panza de mi madre, me tatuaría tu nombre, tu nombre: tu nombre, en donde comienza y termina mi boca, en cada uno de los dedos que oprimen cada una las letras de tu nombre, en mi pubis, entre mis senos y mis ojos, en toda la espalda, recalcarte en mi cuerpo donde habitas desde hace mucho tiempo. Recalcarme en la piel que desde que me fui la tinta con la que escribo es la materia prima de tu nombre impregnado, adherido y disuelto en mi cuerpo.
Y de seguro más y no es necesaria la tinta, ni la aguja, ni buscar el diseño, ni preguntar si el tatuador es bueno y cuánto cuesta. Porque hay tinta espesa como la sangre, incolora como las lágrimas, permanente como las cicatrices, las profundas, las que contemplas una y cien veces através de los años, y ahí te quedas, minutos-hora suspendido pensando ¿cómo fue que me hice esto? ah sí, y luego en efecto dominó vienen todos los sucesos y luego otros recuerdos que ya nada tienen que ver con aquel que te perforó la rodilla, la cabeza o la cara.
He estado pensando en acerme un tatuaje, pero me siento obligada a realizarme varios, un montón, uno por cada recuerdo albergado al fondo de mi piel, sumergido, y así impulsarlo al relieve, a la epidermis, que otros sepan de mis gustos, de mis muertos y mis ayeres, ayeres albergados en el hoy, donde se mantienen vivos, donde no son el ayer y seguro serán el mañana. No habría espacio libre para alguna cicatriz o lunar, ni si quiera una peca, mi cuerpo tendría que estar totalmente entintado, de colores y formas, de recuerdos y momentos capturados, encerrados en una palabra en japonés o en arameo, en un árbol, un corazón o la Virgen de Guadalupe.
Me tatuaría sin duda las arrugas de las manos de mi abuelo, el fragmento de un poema en zapoteco, el ojo que esperó mi abuela hasta su muerte, las marcas en la panza de mi madre, me tatuaría tu nombre, tu nombre: tu nombre, en donde comienza y termina mi boca, en cada uno de los dedos que oprimen cada una las letras de tu nombre, en mi pubis, entre mis senos y mis ojos, en toda la espalda, recalcarte en mi cuerpo donde habitas desde hace mucho tiempo. Recalcarme en la piel que desde que me fui la tinta con la que escribo es la materia prima de tu nombre impregnado, adherido y disuelto en mi cuerpo.
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