sábado, 25 de febrero de 2012

comencé


La novela. Tengo tiempo diciendo voy a escribir una novela y no lo hacía. Ahora que lo hago no logro convencerme que lo estoy haciendo. Pienso más en el hecho de cómo escribir cuándo escribir sobre qué escribir; que en escribir. Parece lo mismo. Pero escribir es escribir. Pensar en escribir es hipotético. Y luego pienso de todo aquello que no estoy escribiendo. De esto no estoy escribiendo, de esto no puedo escribir en esto que estoy escribiendo. Basta. Solo escribe. Eso me digo. Eso se dice.

Sí. Está naciendo, poco a poco: un alter ego. Esa que soy cuando escribo. En la que me convierto. Cuando no debo ser yo para ser la yo que solamente escribe. A la que tengo meses masticando su nombre. Mi nombre. Su nombre. Cíula. Quién es Cíula. Quién soy. Es por mucho mejor que Lucía y por mucho una mujer terrible. Por terrible entendemos majadera, despistada, libertina, hija de puta, asexual, atea, ingenua e ingeniosa, creativa, rebelde, honesta, enamorada. Es lo peor y lo mejor de mí. Soy lo peor y lo mejor de mí. Eres. Esta es Cíula. Yo. Ella. Tú. Yo soy Cíula y estoy escribiendo una novela. La primera en mi vida. En nuestra vida. Si yo no escribiera yo no existiera y punto. Esa es Cíula. Esa soy. Cíula. Mucho gusto. Hipócrita. Siempre. Altanera. Mentirosa. Verdadera. Ella. Yo.

lunes, 22 de agosto de 2011

un jabaterío


Un jabaterío[1]

Como ayer, camino hasta ahí
lo mismo, lo mismo, lo mismo:
y luego el ataque:

un jabaterío infalible
un jabaterío que me jalaba
un jabaterío que me batía
un jabaterío que tendió hasta a mí un maldito río

volteé hacia atrás:
¿de dónde? pensé

pero eso al jabaterío no le importa;
así que me embarqué en una llanta
una llanta de amunyunero
una llanta como llave al llanto de cualquier viejo viajero

a mi paso las cabezas se volvían grises,
será por el jabaterío o por la llanta o por el llanto:
un llanto urgüendo, fizcandipio, mácrico, cedáneo;

eso sucede cuando pones el pie al primer paso,
fuera del ayer:
esperando encontrarlo, creyendo: lo mismo, lo mismo, lo mismo
tragué salvia y no saliva junto con el llanto urgüendo

y con el ayer cedáneo
la llanta se ancoró a las ísdufes amaranto
el hoy me tendió su mano enguantada en plástico,
yo fui acercando la mía mientras pienso:

un jabaterío:
eso es lo que pasa cuando sacas un pie del ayer

                                    y luego el otro: un jabaterío.


[1] No es algo nuevo la invención de algunas palabras para incluirlas en algún poema. Del RAE: Jitanjáfora[1]. 1. f. Enunciado carente de sentido que pretende conseguir resultados eufónicos.
[1]Palabra inventada por el humanista mexicano Alfonso Reyes, 1889-1959.

domingo, 7 de agosto de 2011

si vuelves

(esto es si vuelves
y de todos modos es, aunque sólo existe como un supuesto: es)

Si vuelves. Te tomaré de la mano sólo cuando quiera
te la buscaré sin verla
nuestras manos como un corazón
no como la figura que dibujan las niñas en su cuaderno
sino como el músculo que palpita y vierte sangre
y de sangre se alimenta

Si vuelves. Me sentaré en la sala de espera de tu conciencia
hojearé las revistas de tus pensamientos hasta pasar,
me detendré en tus ojos hasta que los míos se sequen
o hasta que tu los cierres
le quitaré la vida a todo reloj
haré un trato con el sol y la luna para que nos dejen a solas

Si vuelves. Estaré todo el día desnuda, caminando de aquí para allá
disfrutando de estar

Si vuelves. Cavaré un agujero en la tierra de nuestro desierto
escogeré el lugar al azar
para enterrar hasta al fondo mi miedo
por si se me ocurre irlo a buscar
no encontrar su paradero, y preguntarme ¿qué iba a buscar?
y volver con el cuello a 90 grados
envuelta en el manto de cielo donde guardo tus besos para que mis labios no se tornen violetas de frío por aquello del ocio en mi soledad: voltear mi piel de adentro hacia afuera nomás por nomás.

Si vuelves. Estaré columpiando mis ganas al aire del parque, me impulsaré lo más alto hasta alcanzarte, y será siempre por hoy y hoy será simpre.

Si vuelves. Desde allá levanta tu mano, camina en zig zag, sonríele al viento
abrázame duro hasta volvernos piedra
y venzamos las lenguas de fuego de aquellas bestias humanas de miedo
y luego brotemos en olas de mar, que vienen y van, invitando a la luna al baile de hoy porque hoy será siempre, si vuelves.

martes, 2 de agosto de 2011

tatuaje

(Tátau: marcar o golpear dos veces.)

Y de seguro más y no es necesaria la tinta, ni la aguja, ni buscar el diseño, ni preguntar si el tatuador es bueno y cuánto cuesta. Porque hay tinta espesa como la sangre, incolora como las lágrimas, permanente como las cicatrices, las profundas, las que contemplas una y cien veces através de los años, y ahí te quedas, minutos-hora suspendido pensando ¿cómo fue que me hice esto? ah sí, y luego en efecto dominó vienen todos los sucesos y luego otros recuerdos que ya nada tienen que ver con aquel que te perforó la rodilla, la cabeza o la cara.

He estado pensando en acerme un tatuaje, pero me siento obligada a realizarme varios, un montón, uno por cada recuerdo albergado al fondo de mi piel, sumergido, y así impulsarlo al relieve, a la epidermis, que otros sepan de mis gustos, de mis muertos y mis ayeres, ayeres albergados en el hoy, donde se mantienen vivos, donde no son el ayer y seguro serán el mañana. No habría espacio libre para alguna cicatriz o lunar, ni si quiera una peca, mi cuerpo tendría que estar totalmente entintado, de colores y formas, de recuerdos y momentos capturados, encerrados en una palabra en japonés o en arameo, en un árbol, un corazón o la Virgen de Guadalupe.

Me tatuaría sin duda las arrugas de las manos de mi abuelo, el fragmento de un poema en zapoteco, el ojo que esperó mi abuela hasta su muerte, las marcas en la panza de mi madre, me tatuaría tu nombre, tu nombre: tu nombre, en donde comienza y termina mi boca, en cada uno de los dedos que oprimen cada una las letras de tu nombre, en mi pubis, entre mis senos y mis ojos, en toda la espalda, recalcarte en mi cuerpo donde habitas desde hace mucho tiempo. Recalcarme en la piel que desde que me fui la tinta con la que escribo es la materia prima de tu nombre impregnado, adherido y disuelto en mi cuerpo.

martes, 19 de julio de 2011

poesía para principiantes

Te tienes que reír. Y es que por fin te has decidido a leer algo de esto y como no tienes algún conocimiento formal (ni informal) sólo has escuchado algunos nombres que supuestamente son mayores en el tema: Neruda, Sabines, García Lorca, Sor Juana y termina la lista. Pero no sabes si las 20 canciones de amor son de Sabines o de Lorca ¿Lorca es mexicano? O Sor Juana o Neruda o todos son mexicanos, qué orgullo, tanto poeta mexicano. Te gusta esta ingenuidad o mejor, ignorancia. Puedes consultar los nombres en la red y listo, wikipedia te lanza sus obras más importantes, su fecha de nacimiento y lugar, hasta sus parejas por época, pero no, deseas algo menos acartonado, una señal, éso, una señal de por dónde empezar a leer. Tomas el micro hasta Bellas Artes y caminas a la avenida Donceles. Después de recorrer tres cuadras dicha calle decides regresar a la primera librería en donde no hay libros en el suelo, donde parece que existe un cierto orden. Pides a la señorita que te lleve a la sección de poesía, ves el letrero escrito con plumón negro y cubierto de plástico, insertado entre dos anaqueles superiores, pegado a una delgada barra de madera. Te acercas a menos de un brazo de distancia de los libros, cierras los ojos y recorres los estantes, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo. Ya estás en el penúltimo anaquel, piensas que ninguno te llama la atención y en eso lo sientes, te detienes, regresas la mano, y abarcas todo su grosor ahí incrustrado entre otros dos libros y luego muchos más en paralelo, lo extraes, una pasta dura, cuyo relieve tosco te recuerda a los detalles que tienen los edificios de la colonia Roma, los cuales no son estrictamente rectos o lisos. Abres el libro sin abrir los ojos, lo acercas a tu nariz, inhalas el sentido de llamar a estos lugares "librería de viejo", dato del cual te enteraste hace poco y sin querer, como llegan este tipo de detalles. Entregas el libro a la mujer de la caja. Ella ve el ejemplar, lo abre, lo voltea, se fija en una pasta y en la otra y detiene sus ojos unos segundos en ti. Piensas que muy pronto tendrás una cualidad más, en ti, en tu persona, te regodeas en el pensamiento de "yo leo poesía". Haces el esfuerzo de no voltear hacia el libro cuando ella te dice el costo, una buena cantidad considerando que es un libro usado, tal vez es una reliquia, un ejemplar único, no hay espacio para dar marcha atrás así que le das tres billetes, te entrega el libro en una bolsa y sales. Estás a punto de sacarlo pero mejor buscas un café, te propones a leer por lo menos 30 minutos para empezar.

Entras al recinto elegido, un lugar con jardín central y una fuente. Es perfecto. Te sientas en una mesa con cuatro lugares pero como el lugar está vacío no importa. La mochila en la silla a tu izquierda, te desparramas sobre la tuya, tomas la bolsa con el libro-viejo nuevo y se posa el mesero a tu lado. Desde los zapatos al pelo engomado parece agente Bond, con algunos kilos, te enderzas en la silla y pides un capuchino, no, mejor un café negro. Bond te deja el menú al cual no puedes evitar echarle un vistazo. Regresa 007 con una taza blanca humeando, le preguntas sobre el menú del día, se te antoja, pero piesas que es mejor comer después de los 30 minutos de lectura no vayas a manchar el comienzo de una biblioteca en casa. Tomas el café, le soplas y le das un trago, soportando el amargor caliente, negro, despiadado. Te recuerda a la primera vez que probaste la cerveza y pensaste por qué les gusta esto a los adultos. Al segundo trago vuelves a hacer una mueca y buscas al agente para pedir un poco de leche, le agregas tres sobres de azúcar y por fin disfrutas el tercer trago. Dulce-leche con café. Sin más sacas el libro y lees el nombre del autor: Schiller ¿Neta? piensas, no creíste que en aquella colonia fresa la calle fuera de un poeta y luego recorres otras pensando si todos son poetas ¿Horacio? ¿Homero? ¿Arquímedes? Este último te parece más un científico que un escritor, pero no sabes, en fin, sonríes para ti no sé por qué y después abres el libro. Lo hojeas. Te vas a la portada, al índice, al final. Pasas una, dos, 46 páginas. Comienzo y final otra vez. Y lo dejas abierto en el medio, ahí, absorto tú, entre las páginas, incrédulo. No lo puedes creer, no lo puedo creer dices entre dientes, y sueltas una risa como estornudo, volteas con el mesero-agente como si él se diera cuenta de todo. Intentas leer: Shaut her! Nie wird die Bühne leer:
¡Todo en alemán! todo el maldito libro está en alemán. Por fin te has decidido y terminas quedando más estúpido de como empezaste ¿es posible? Tal vez si vas de regreso a la librería, le explicas tu distracción a la señorita, estupidez me corriges, estupidez que ellos entenderán porque no sabes ni una sola palabra de alemán, porque jamás a leído poesía ni siquiera en español y deseas regresar el libro por otro y que te recomienden algo, sencillo para empezar.

Te ríes porque aparte el maldito libro, sí maldito, te recuerda a tu ex novia, la maldita fresa que vive en esa calle, Schiller, y en la que ahora no puedes parar de pensar. La maldita zorra también está en la poesía alemana. Era eso por lo que te reías. Ahora piensas que es una señal, que debes ir a buscarla aunque lo último que supiste de ella era que su mano derecha intentaba atravesar la línea del pantalón de otro mientras con la izquierda se aferraba al bíceps de aquel hombre y su lengua dentro de su boca ¿por qué la poesía te invita a buscarla? Acaso, será necesario que regreses con la mujer que peor te ha tratado para que entonces comiences a entender la intención de cada frase, que duele, quema, arranca. Relees: Shaut her! Nie wird die Bühne leer.

No. Dejas el dinero del café sobre la mesa y de regreso a la librería, te tardas dos o tres explicaciones de lo mismo para que aquella enana cuatro ojos te entienda, no entiende la hija de su... como casi nunca nadie entiende la estupidez del otro, y a veces es necesario volverse un estúpido o estúpida para entender: ¿eh? ¿cómo? ¿de qué hablas?

Sales con un nuevo libro-viejo bajo el brazo, ya no busca un café y hasta has pedido un taxi para regresar a casa, no hablas con el taxista en todo el trayecto, un gracias y cierre de la puerta. Te tiras sobre el sillón, abres una coca, le das dos grandes tragos y comienzas a leer: Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Después de trece minutos ya habrás cerrado el libro, dejándolo a tu izquierda para más alrato y buscarás el control para prender la televisión a ver qué hay.

jueves, 7 de julio de 2011

(Y la toqué)

Cuando el viejo cayó fue un Domingo lluvioso. Acababa de pasar el chubasco y yo de salir libre de aquel restorán. Abrí y cerré el paraguas, ya que después de aquellas grandes gotas esta brisa no era para cubrirse. Crucé al viejo mientras cerraba el paraguas y lo amarraba con la cinta y luego escuché el golpe hueco, me detuve, voltee y ahí estaba el tirado boca arriba con las piernas y los brazos medio levantados como cuando ya la cucaracha está resignada a que no podrá voltearse entonces deja de mover sus patas, pero luego llegas y la empujas con la puntita del pie y empieza de nuevo con todas sus fibras a tratar de voltear su cuerpo.

Así estaba el viejo ahí tirado en la avenida Popocatépetl. Entonces mis botas quedaron a la altura de su panza, juntitas en una posición de firmes. Estaba por tomarlo del brazo pero mejor me puse en cuclillas y le vi los ojos de cerca, ojos azabache iguales a todos los de los viejos del campo y sus pies de tierra seca, de meses sin lluvia, con las uñas largas y amarillas, curveadas y gruesas. El hombre empezó a moverse y a poner palabras entre dientes. Yo aún no lo tocaba, sólo lo veía, tal vez él piensa que me estoy saboreando cada segundo que el forma parte del concreto, volteo a ver a mi alrededor caí en cuenta que seguimos solos, el tirado, yo de frente y sobre mis rodillas.

Es mi oportunidad pensé, he estado cerca de personas como él pero nunca tan cerca como para tocarles la cara. Y le dije: señor ¿cree que le pueda tocar la cara?; el dijo varias, muchas, cosas entre dientes; acerqué mi oído derecho pero no entendía una sola de sus palabras y otra vez pero con señas le dije y le mostré mi mano y luego la acerqué a mi cara y me toqué la cara y la seguía tocando confirmando que era mi nariz y mis cejas, que era mi boca y luego acerqué las manos a sus mejillas, morenas, como cajeta quemada, con una buena constelación de lunares, sigo acercando mis manos hasta que siento esa piel morena grasa, el hombre se ha quedado en silencio, viéndome, y otra vez, comienza el balbuceo, sus ojos son de súplica y cuando me doy cuenta de ellos retiro mis manos y volteo hacia arriba, unas tres mujeres con unas dos crías y dos niñas me ven, y una dice con una voz medio chillona y espaciada: está asustado, no habla español. Me levanto rebasando la altura de las mujeres y las crías, y me acerco a levantar al hombre y el dice un montonal de cosas que ella, la líder del grupo responde y luego se pone enfrente de mí y me dice que ellas lo levantarán, entonces dos de un brazo y otra del otro toman al viejo y lo levantan, la niña le da el sombrero que es el autor de la circunferencia perfecta en su cabello blanco y lacio, la otra le da el bastón que él sujeta para irse apurado al sentido contrario de donde yo estoy. Le digo a la líder: dígale que no le quería hacer daño, sólo le quería tocar la cara. La líder me ve y le dice algo al hombre que ya va muy encaminado. Le pregunto: de dónde es él, ella me dice que no sabe pero que habla mixteco igual que ella, le pregunto de dónde es ella, de Oaxaca me dice. Me quedo en silencio, y luego me cuenta que un señor de aquí invitó a su casa una vez a un señor de allá, viejo como el que estaba ahí, lo golpeó y por poco la mata. Vi a la mujer y le dije tratando de que notara mi intención que realmente no quería lastimarlo, pero de seguro lo hice, nada más así, tocándolo. Las mujeres se estaban yendo, detuve a una de las niñas y le compré un cigarro. Llevaba un mes y medio sin fumar, y cada cigarro que fumo me lo recuerda.

Me senté sobre la banqueta y se vinieron varios pensamientos como la lluvia, traía el paraguas sujeto con fuerza en la mano izquierda, se mojaba el cigarro y pensé: españoles e indios, conquistadores y conquistados, ciudad y campo, mujer y hombre, bueno y malo, insecto y humano, verdad y miedo, víctima y violador, vida y muerte. Tal vez fui el español y conquistador, la ciudad en la cual trataba de pasar desapercibido pero que cuando se daba cuenta de su vulnerabilidad venía contra él a quitarle lo puro del campo, el hombre malo que viola por miedo, condición humana buscando la muerte en el otro para obtener la vida en sí mismo.

Me atreví a tocar la cara del viejo como si fuera su esposa, aquella que tal vez dejó en algún otro punto de la ciudad, sin una palabra de español, sin paraguas, sin sombrero, o tal vez la dejó en el pueblo al que sólo se puede llegar después de horas de andar caminando, o tal vez ya la enterró, pero ella había sido la única y la que por última vez le había tocado la cara, y su cara había sentido por última vez sus manos y ahora todo eso se fue al carajo porque llegué yo y la toqué.

martes, 28 de junio de 2011

sus lentes sobre la mesa

Dejó los lentes sobre la mesa, para cuando me di cuenta y los tomé y salí corriendo, su carro ya giraba en la esquina ¿Cómo es que puede manejar sin lentes? Pensé, según yo él no veía nada bien y menos por la noche, suspiré y regresé al departamento. Al entrar me senté sobre el sillón y los vi de cerca, eran unos lentes de pasta cuyo color daba la sensación de una piel de leopardo en verde olivo y negro, albergando unos marcos grandes de vidrio casi cuadrados, me los puse y creí que para este momento ya había estrellado su bora blanco 2009.
Era la primera vez que me metía con un hombre casado y para entonces no paraba de arrepentirme.
Su esposa no sabía o por lo menos yo no estaba enterada de que supiera de mí. Pero Felipe, desde hace un mes, me hacía voltear los ojos, apretar los dientes, recorrerme la cabeza de la frente hacia atrás constantemente, constantemente. Me llamaba a las cinco de la mañana para decirme que lo nuestro debía terminar, no era justo para mí, para su esposa, ni para sus hijos, o bueno para su ansiedad.
Cuando por fin lograba deshacerme del taladro, la grúa, los gritos y los martillos a destiempo de la construcción del edificio de enseguida, ponía un lienzo sobre el caballete, me vestía con una camiseta holgada de mi antes grupo favorito, tomaba muestras de los colores que utilizaría como base, llenaba un vaso de vidrio con agua de la llave, acomodaba los pinceles en la bolsa de mis jeans agujerados, y en ese momento: la llegada de Felipe.
Toca el timbre dos veces y luego abre porque tiene llave, entonces yo dejo el pincel y la paleta, bajo el lienzo del caballete y espero sus palabras. Y nuevamente a escuchar la historia, que no puede seguir haciéndole esto a Hilda, que casi no pasa tiempo con Fausto y Lulú, que en el trabajo no tiene cabeza, que se le está cayendo más cabello de lo normal, que ha engordado, que nunca está tranquilo. Creo que se ha tomado algunas cubas con sus amigos porque huele a alcohol y habla con la mirada encajada en el lienzo blanco recargado en la pared. Y luego como perro tratando de morderse la cola, a dar vueltas por mi sala, ya ves que por algo bajé el lienzo del caballete (y también quité el vaso con agua) y ahora pienso: Felipe eres patético; y luego ¿cómo llegué a esta situación? ¡yo! ¿cómo llegué a esto? Y el continúa que yo soy muy joven, que me acerco más a la edad de Lulú que de Hilda, que soy talentosa, demasiado paciente y buena, es cuando se quita los lentes, los deja sobre la mesa, se va a la cocina y regresa con una botella de cerveza, yo estoy sentada en el sillón verde a punto de darle un trago al vaso con agua de llave. Veo a Felipe como una ostra pulsante, y descubro de pronto (como una revelación) el sudor que brilla en su frente y en el par de entradas que comienzan a su pelo negro, esas entradas que ya no son atractivas y nunca lo fueron, y luego esos dientes amarillentos los cuales lava con mi cepillo porque jamás compró uno para él y cuando le regalé uno, siguió lavándose con el mío con la excusa de me quería toda en él, entonces compré un cepillo y lo guardé en el empaque dentro de un cajón, y es ése el que uso. En fin, no puedo creer hasta dónde ha llegado mi paciencia o mi lástima o mi desidia, y ésta última es igualmente proporcional a la de él, la indecisión, una relación en la neblina, albergada en el plasta gris de mi paleta. Ése día antes de olvidar sus lentes sobre la mesa, después de darle tres grandes tragos a la Indio, me dijo que se sentía tan atrapado por la situación que constantemente pensaba en una solución alterna, que deseaba un accidente o ser capaz de suicidarse y aquí fue donde por fin hablé y le dije: hazlo, me harías un gran favor; le dije que ya no me prometa como me prometió el divorcio con Hilda, o el viaje a Buenos Aires, vete y hazlo le dije viéndolo a los ojos. Sin más palabras nuestras miradas flotaron en la neblina, dejó la cerveza en el suelo, se volteó y se fue, olvidando sus lentes, los cuales tomé y corrí escaleras abajo para dárselos y fue con vi su bora blanco 2009 dando vuelta en la esquina mientras imagino que esta vez ya no volverá.
Ésa es la historia que le conté a Susana y a Javier y la que me sigo contando cuando me levanto y me acuesto, cuando empieza un día y termina. La verdad es que cuando Felipe se fue y sin lentes, hace más de un mes, era una noche en la que hacía un poco de frío y no yo no bajé ningún suéter, traía los lentes en la mano y estuve esperando algo más de una hora, no quise subir por el suéter por si Felipe volvía y se convencía a medio camino que sus lentes no eran necesarios que era mejor ir adivinando el camino (que sabía de memoria) a no tomar una decisión. Pude haberme quedado ahí parada hasta que amaneciera pero luego pensé que tampoco había bajado el celular, y quería saber si me llamaría, si en ese momento mientras yo cambiaba el peso de mi cuerpo de un teni a otro, y hacía bailar sin ritmo mis rodillas mi celular comenzaba “love, love me do, you know I love you” y otra vez “love, love me do, you know I love you” hasta cumplir las cuatro repeticiones. Entonces subí los cuatro pisos por las escaleras para hacer un poco de calor y porque el elevador era muy lento para este caso. Cuando me paré frente a la puerta me di cuenta que tampoco había sacado la llave. Ahí me quedé pensando como si pudiera aparecer la llave a fuerza de arrepentirme de mi estupidez. Me hinqué en el tapete de paja donde se leía welcome en letras verdes, (mierda) y me solté a llorar, welcome ésas lágrimas, welcome ese arrepentimiento de haber comenzado con todo y ahora de haberlo empujado a terminar, welcome a mi madriguera de soledad en donde Felipe se había convertido en el único ser vivo a parte de mí, ya que no tenía ni plantas ni mascota, welcome expectativas, planes y fotos nunca tomadas. Y en lugar de irme a casa de Susana, que vive a siete minutos caminando, o usar el teléfono de la estancia o el sillón percudido de ahí mismo para dormir esa noche, me acurruqué entre la w y la e, y cerré los ojos por 20 minutos fingiendo dormir hasta que logré hacerlo.
Entonces me levanto hoy y desde un mes y ya no escucho el ruido del vecino, ni del edificio de enseguida ni la música del piso de abajo. Me preparo para seguir pintando y pinto sin pintar, como si fuera un albañil trabajando en los departamentos de gente extraña, el ir y venir de la brocha, de un mismo color las paredes, mientras está concentrado en que pasen las horas para que llegue el de los tacos o para que pasen los días, y sea sábado y por fin las caguamas buscando detener el tiempo ahí en cada trago, en un sábado por la tarde viendo el juego, pensando que cada trago aleja el lunes.
En la noche es cuando intento llamarlo por el celular, antes marcaba y previo a darme a tono, colgaba, después lo empecé a dejar sonar más tiempo, y me mandaba a buzón al término de varios timbres, ahora entra directamente y ni siquiera es la voz de Felipe sino una computadora que me dice que deje mensaje después del tono, que marque gato, asterisco o cuelgue cuando termine. Después de 31 llamadas perdidas decirle Felipe ¿no piensas venir por tus lentes? Y es que ¿qué más le puedo decir? Hola Felipe ya que has tomado una decisión prefiero volver al círculo vicioso de antes pero no perderte así como sea: a medias un cuartito o un tercio de Felipe lo que quieras sólo en jueves tu di. Y luego comencé a llamarlo a su casa ¿por qué no a la oficina? Quería también escuchar la voz de Fausto o de Lulú, hasta de Hilda, ellos son Felipe. Para entonces ya había olvidado mi cepillo en el cajón dentro del empaque, y volví a usar nuestro cepillo y hasta en ciertos días lavaba mis dientes más de tres veces.
Fueron como diez llamadas las que hice ése día hasta que me decidí por ir a su casa, o más bien a la banqueta cruzando su casa, tenía que verlo, aunque sea del otro lado, como por una ventana o como si estuvieran pasando La vida de Felipe en televisión, darme cuenta que había vuelto con su familia y que intentaba ser feliz y que tal vez ya era feliz y sin mí y más bien que yo nunca fui su felicidad.
Entonces estaba ahí parada con los lentes en el puño, un poco sudados, veía abrir y cerrar la puerta. Primero salió Fausto junto con una muchacha bajita que no era ni Lulú ni Hilda. Luego salió Lulú mandando mensajes por celular. Y no salía Felipe. Salió Hilda con una taza negra en la mano, era muy distinta a la de las fotos que yo había visto, era más mujer y por supuesto más hermosa, aunque parecía más vieja, como si de pronto hubiese salido a la banqueta a envejecer, se despidió de Lulú con un gesto que ellas entendían y Lulú se fue. ¿Por qué hice lo siguiente? No lo sé pero tampoco se porque me decidí a estar con Felipe, o porque le dije esas palabras aquel día o porque me había venido a esta ciudad o porque no acepté casarme con Aarón, hay tantas cosas que no sabía de mi y ésta solo se formaría detrás de las demás esperando resolverse. Crucé la calle sin voltear a ningún lado, Hilda ya estaba en el pasillo hacia la segunda puerta y la primera ya se estaba cerrando, grité su nombre. La primera puerta ya estaba cerrada; corre pensé, deja los lentes en el escalón y corre, pero se me entumió el tiempo, Hilda abrió y nos quedamos viendo, Hilda repetí y cambié los lentes a la otra mano, primero limpiándolos en mi sudadera y después mostrándoselos.
Dos horas después salí de la casa de Hilda y de Felipe, caminé hacia mi carro estacionado unas cuadras antes, lo abrí, me metí y me quedé ahí. Yo no entiendo cómo las personas pueden durar tanto tiempo encerradas en un espacio tan pequeño esperando. Evito los elevadores por si algún día se atora uno en el que yo vaya dentro. Tampoco entiendo cómo las personas platican adentro de un auto inmóvil, si se pueden salir a caminar, pues ahora lo entendí, sentada ahí en el asiento del piloto, me puse el cinturón y encendí el astra negro, prendí y rápidamente apagué la radio. Me recargué en el respaldo y recordé las manos de Hilda sujetando los lentes, cambiándolos de una mano a otra, acariciándolos como si fuera una mascota. Cuando Hilda hablaba veía hacia otro lado concentrándose en sus pensamientos, cuando yo hablé me veía directo a los ojos tratando de también encontrar a Felipe en mí. Me ofreció un café con el que sólo humedecí mis labios tres veces. Me medio senté sobre un sillón largo blanco de una tela lisa donde cabían hasta cuatro personas, pero no fui capaz de acomodarme nada más recargué un pedazo de mi nalga izquierda, mientras veía mis tenis grises muy juntitos casi atados en el tapete negro con blanco. Ella estaba sobre un sillón individual que hace juego con el que yo estaba sentada, sus pompis bien puestas en el asiento, sus piernas cruzadas, sin recargarse en el respaldo pero completamente erguida, sus pies en unos tenis deportivos muy limpios o casi nuevos. Su perfume no dejaba de desconcentrarme aún con lo que me estaba contando, era una aroma maduro, dulce y fresco intercalado como a café y roble, como a pino y cacao. Desde aquel día que se fue de mi departamento y sin los lentes, Hilda tampoco sabe de él. Pasó una semana y fue a la comandancia, tres semanas más y puso un anuncio sin foto en el periódico. Llamó a la oficina y no saben nada; a casa de sus suegros, cuñados, tíos, amigos, asistente, bancos y nadie sabe algo de Felipe. Yo no tenía algo más qué aportar así que se lo dije y me levanté. Me acompañó hasta la puerta, sin soltar los lentes y me dio las gracias porque descartaba una pista más con mi visita, nos despedimos con un lenguaje que nomás nosotras entendimos y fue cuando caminé hasta el carro y me quedé casi una hora ahí atrapada pensando.