En el espejo – a punto de tocarte – inalcanzable e incompleta. Con la mirada recorres tu cuerpo, te detienes. Frente a mí dos balas negras amenazan, sostenidas en el tiempo buscan pulverizarme sin tocar la piel siquiera. Quisiera cruzar a aquel lugar, que sea la otra la que no se encuentra, la que no se ve, la observada, es más fácil estar del lado que condena, mientras tú. Yo, ciega de mí, extraña, flotando en niebla densa, me congelo frente al reflejo.
Acostada boca arriba parpadeas lento, vencida, ya no buscas en las páginas del libro de cabecera, respiras. Inerte, no hay paz más que la externa, la ajena, añoranza torpemente nombrada, el desierto en la cama me devuelve unos labios secos, soy parte del mundo material, no soy más que aquella silla o esta lámpara.
Él llegará aunque no quieras, sabes que está con ella, prefieres el abandono aunque no sabes qué hacer con él ¿Sola? Soy una cría en espera de sustancia, alojada en los adentros de una casa balbuceante, deseo el rastro del abrazo, el beso en cementado, las palabras deslavadas, la sonrisa de vitrina; sujeta a momentos en blanco y negro. Una paleta de grises azulados colorea la habitación, suspiras, un día más se sienta en tu realidad. Escuchas la puerta y el arrastre de sus pasos escalera arriba, detienes tus párpados en el cierre de un negocio exhausto. Un olor a vida estremece el cuarto y a mis tejidos piel adentro, se levanta mi respiración en protesta. Te vuelves boca abajo, cautelosa quedas como si te hubieran disparado por la espalda. Me convulsiono en un mismo sueño: un paisaje verde intenso se extiende a mis pies, el cielo se dispara de mi pecho, mis ropas ligeras vuelan con mis abrazos, son alas abiertas que giran danzando con caricias del viento. Allá viene él, se acerca a paso rápido. Frente a mí ahora lo tengo, estoy desnuda, me encojo y tirito entre nubes negras mientras él se aleja con los brazos ocupados en pesados sacos de arena.
Despierta, es tarde.
Apuras el paso, te bañas sin lavar el cabello, olvidas el perfume, te maquillas en el auto. Azotas la tapa del pequeño espejo, minúsculo reflejo quema tu mirada. Las manos de él aferradas al volante, sus ojos viajan al fondo de aquel camino perdiéndose a lo lejos. Y aunque él está a tu lado. No, no está y no es él, como no soy yo; somos dos sombras que dependen de una luz artificial Antes eras tú. Antes era yo, en algún instante, corto y profundo hueco como huella que descubre el mar.
Tomas demasiadas copas en la cena, ni un pedazo te pan te has llevado a la boca, la lengua se te resbala a punto de crear frases célebres para entretener a los invitados. La cara de él te ancla a tus recuerdos, te levantas de la mesa huyendo, en busca de un refugio.
Recargada en la pared del baño, decaída la mirada, tus pensamientos te olvidaron, cuentas uno a uno los mosaicos de la pared que ocupa el espejo, aquel enemigo que no logras enfrentar ni aún en dicho estado. Una mujer se introduce a la sala del baño, liviana se alberga en su reflejo, se contempla desatando una sonrisa. La reprimes y ella busca a quien la acecha. Crees que también te abandonará en tu condición pero su mirada te sujeta, tus brazos caen y ella se acerca, tú no te mueves, ella se extiende un poco más y tú esperas, acorta poco a poco la línea que a ti lleva. Juntas en un mismo punto su respiración es la misma. Te introduces en sus ojos. Sus ojos verdes que en mi develan un jardín plantado de esmeraldas. La besé. La besaste. Uno a uno se erizan los vellos de mi cuerpo, me lanzo al precipicio liberando mis recuerdos. Se abre la puerta y sus ojos se descubren, dan un paso atrás y ella te deja. Frente al espejo sonríes. Sonrío y salgo en busca de mi encuentro.
miércoles, 9 de marzo de 2011
domingo, 6 de marzo de 2011
otro azorín
(Y aún) en la ciudad de México, a tantos
Un miércoles cualquiera en algún restaurante-bar de cierta zona de la ciudad de México me reuní por primera vez con un antiguo maestro de literatura, maestro actual pero ya no mío. Su clase era mala pero se podían rescatar las excelentes referencias sobre qué leer en la rama de la literatura nacional. Mis expectativas sobre la posible conversación eran altas.
Al llegar a dicho recinto nocturno, pedimos cada quien la cerveza de su preferencia, con pocas opciones, ya que como sabemos la mayoría de los bares en el país están asociados con cualquiera de las dos únicas casas cerveceras y es por medio de ellas como el permiso para vender alcohol se facilita, uno de los tantos círculos viciosos dentro del comercio de México, en fin: una negra modelo y una pacífico.
La conversación comenzó en torno a banalidades, hace un año no nos frecuentábamos aunque la situación de cada uno en el fondo era la misma, yo como ansiada escritora y él como frustrado maestro. La plática iba a cualquier parte, cambiaba de rumbo, de tema, a veces sobre literatura, otras sobre cuestiones personales, familiares, amorosas, sin embargo, había un obligado retorno a las letras: sobre qué texto estaba trabajando él o yo; escritor o escritora favoritos; libro en turno; anécdota sobre tal escritor, chismorreo sobre otra.
La anunciación de lo que es ahora el objetivo de esta reseña sucedió al generar una expresión (mía) que lo hizo brotar en risas, textualmente mis palabras fueron: “yo no se si me voy a dedicar a la literatura pero no pienso dejar de escribir (y menos de leer).”
Su reacción fue de una claridad latente, no me afectó, al contrario, me hizo erguirme y llenarme de energía para continuar con más fuerza aquello que promulgaba.
Él es otro Azorín en los vestigios de la muerte de su voluntad. El maestro tenía dos hijos con una mujer extranjera con la cual finalmente se había juntado, no casado, ahora estribaba entre mudarse a otro continente tomando un año libre del trabajo o refugiándose en el limbo de su exagerada carga laboral con algunas visitas a aquel país del que ahora sería residente su familia. Llevaba tiempo sin escribir y comentó en más de tres ocasiones la cantidad excesiva de trabajo y la dificultad por concentrarse en la búsqueda de su literatura dentro de su casa, no obstante tenía el tiempo para salir a charlar de nada con una antigua alumna.
Para no alargar más la anécdota, el cuento o la introducción a la reseña, el final (predecible) fue la imagen de una mujer que salía azotando la puerta del copiloto de un auto y sonriendo a las espaldas del conductor, caminaba firme y recta hasta su entrada mientras el otro con las manos sujetas al volante observaba como se iba aquella posibilidad de una noche de sexo casual y la voluntad que alguna vez también había sido suya.
Dentro de la novela La voluntad de Azorín la muerte pasiva del protagonista termina por ser el inevitable auto sabotaje de su voluntad. Este desdoblamiento del autor al generar ciertas cartas describiendo la situación en las que encuentra su personaje trasgrede lo escrito y genera una sensación nata de frustración. Es en las cartas a Pío Baroja incluidas en el extracto del epílogo donde Martínez Ruiz representa la situación y el terrible final, tal vez mejor hubiese sido la muerte, de Antonio Azorín:
“Yo no sé al llegar aquí, querido Baroja, cómo expresar la emoción que he sentido, la honda tristeza que he experimentado al hallarme frente a frente de este hombre a quien tanto y tan de corazón todos hemos estimado. Él ha debido también sentir una fuerte impresión. Nos hemos abrazado en silencio. Al pronto yo no se qué decirle. Él me ha presentado a su mujer.” (p. 288)
Lo monstruoso de estos fragmentos es que fácilmente podemos compararlos con algunos de los primeros de la novela La voluntad, donde Azorín está convencido de que la única manera de cumplir con la esencia del ser, de obtener la plena sensación de vida, todo mediante la acción:
“- ¡No, no! ¡Eso es indigno, eso es inhumano, eso es bochornoso!... ¡El reinado de la Justicia!... ¡El reinado de la Justicia no puede venir por una inercia y una pasividad suicidas! Contemplar inertes cómo las iniquidades se cometen, es una inmoralidad enorme.” (p. 118)
El maestro de mi anécdota, maestro frustrado lo etiquetaré, tiene un blog en donde solamente publica frases, entrevistas y pedazos de textos de los “verdaderos” escritores, nada suyo. Me ha dado a conocer que de lunes a viernes a las 9:00 horas lleva a sus hijos a la escuela y ahí se encuentra con otros que “pudieron” o “solían” ser escritores, se saludan de lejos y como autómatas recurren a la abulia de sus días.
El texto de Martínez Ruiz es la bola de cristal de lo que sucedió con el verdadero Azorín, con el mismo Martínez Ruiz. Lo sorprendente es que tuvo la capacidad de desarrollar el proceso dentro del personaje en donde es un personaje ingenuo que desea cambiar la realidad, luego entiende las peripecias de ésta y se debate entre la acción y la inacción, finalmente se refugia en una somnolencia que si bien lo permite vivir, él sabe que en el fondo está como una vela humeando.
Todo esto lo refleja José Martínez Ruíz cuando apenas comienza él mismo con dicho proceso.
Bibliografía
Martínez Ruiz, José (1968) La voluntad. Edición de E. Inman Fox; Clásicos Castalia. España: Segunda edición.
sábado, 1 de enero de 2011
miércoles, 8 de diciembre de 2010
carne cruda
“el que canta no pretende que sus cavatinas
permanezcan en el olvido,
sino que celebra que los pensamientos altaneros y
malvados de su héroe estén en todos los hombres”
Conde de Lautréamont
Sobre la cama desierta a punto de morir con la mirada al fondo de una línea que se hace llamar techo, piensas. No vienen imágenes de momentos pasados. Tu niñez, tu pubertad, tu primera palabra ha quedado en otra parte, y esto lo agradeces. Tus padres, tus hermanos, la casa en la que alguna vez viviste flota inalcanzable ¿Cómo era la calle, el silencio que ahí se esparcía? ¿cómo eran tus vecinos? ¿tu cara frente al espejo? ¿cuál era tu nombre? Tantas veces creyeron llamarte, nombrarte y crearte; hoy resuelves que nunca lo lograron, continúas escapando.
Un olor a sábanas, aquellas que te envolvían en creaciones nocturnas. Olor a pan francés, canela y mantequilla. Aquellos platillos que partían de casa y a su regreso solo manchas y residuos. Algo existió, pudieras comprobarlo, antes de hoy algo hubo, nació en los adentros de alguna parte y murió en el intestino de algún ser. Pero esto no lo recuerdas, ni viene a tu mente entonces mejor…
Te levantas de la cama, después habrá tiempo para dormir, inundarte en el efímero constante o en el vacío. Cansado, tu cuerpo de metal, tus manos colgando en la espuma de lo incierto, suspendidas vienen y van en una tierra dependiente, su gravedad no permite avanzar, detiene, clava, pesa, aún hoy, cuando más enfermo encuentras al cuerpo. Hoy aumenta esa sed de dolor, de fuego, de hacinamiento, necesidad de finas agujas que lo perforen todo por dentro.
Vas cuesta arriba buscando esa larga pendiente hacia abajo. Así el esfuerzo, innecesario. Subir para bajar. Siempre para bajar.
Aquí el verano es peor que el infierno. En las calles los automóviles se avalanchan unos contra otros queriendo apagar el fuego entre avenidas. Seres incompletos vislumbras mendigando, van a la mitad de su cuerpo, se derriten clavados en las aceras mientras sus manos continúan estériles extendidas al cielo. No es sudor, es piel, piel líquida que recorre sus parpados, su cuello. Sus ojos se escurren en lágrimas, están ardiendo, evaporizando.
El sol se torna negro. Un velo oscuro lo convierte en reina. Desde su altivez lanza rayos perpetuos fulminantes que desgarran pero no causan la muerte. Qué es el hambre, el amor, el deseo. Mientras sigues en pies desnudos, extendiéndose las llagas, se revientan y renacen. Huellas en pus marcan tu destino, tu destierro al que habrás de retornar. Las nubes huyen, desaparecen, dando cetro completo a aquel inmenso dueño. Es la reina cubierta de negro, pasa, recorre recovecos, incuba miedo, desdibuja rostros, crea un mal reflejo, ensancha cuerpos, cielo, suelo, anhelo, hielo, sonrisas de hielo que antes de convertirse en agua ya son solo vapor en vuelo. Buscas una delicia, un último encuentro, en otro ser, que esté completo. Te aproximas a cualquier punto que parece real entre humo gris casi negro. Te arrastras puerta adentro fingiendo hambre de normal, plática casual, lo cotidiano. Te encuentras con un suelo cubierto de escamas, un olor a crío muerto sume a todos en inmovilidad. Te aproximas a aquel que explota en risas, queriendo atrapar alguna de ellas: un volcán que devuelve en tandas rastros de carroña. Te aleja, encuentras a otro más que se acerca y cree decir algo, de sus labios brotan peces muertos que viene el mesero a rejuntar. Retrocedes lentamente, tratas de no convulsionarte, te aferras a las mesas del lugar. Sales de vuelta al infierno que ahora quema menos, de lejos aquel mar desierto. Regresas a tus pies y a tus pasos y a querer encontrar aquel que te de una razón para volver a la cama y descansar.
No logras nada con pedir perdón. Intento vago, súplica, rasgas las cortinas en arrepentimiento. Buscando que se queme la culpa junto con la piel. El suicidio no. El suicidio es salir por la puerta trasera hacia el otoño, mientras continúas ingiriendo excremento.
La piel se desprende como pétalos de una rosa de días en florero. Brotan burbujas en piel que algunos cuentas hasta tres para darle un grado. Levantas la mano derecha para sumergir el dedo dentro de una llaga sintiendo un líquido blanquesino, se pega al dedo, como aquel que sale de la corteza del árbol al hacerle un corte. Arde, presionas más y más, quieres más, tu dedo es la herramienta de la ira, el rencor y resentimiento, de la culpa, el peso del pasado, del recuerdo, la memoria, el hubiera.
Sobre asfalto en incendio bailas de un lado a otro, al son de un viento que espina. Hierve un caldo negro denso, sumergidas tus piernas comienzan a patalear para llegar a la orilla, un torbellino te jala hacia adentro, peleas al llevar tus pies, boca y sueños.
Un punto crece, se aproxima, adquiere gran tamaño, color, se delinea, un toro blanco con alas de cuervo. Vértigo al centro de tus costillas. Quieres viajar en su lomo, quieres tomar el vuelo, cada vez más cerca escuchas el estertor de su respiración, ves la profundidad del vacío de un universo en su mirada, llega a ti inundando todo tu alrededor en una nube oscura, helada, de un frío extremo en ti congela todo. Me alejo.
Me precipito a la ciudad de México, era necesario llegar al inicio de este circo. A mi entrada mil rectángulos de concreto voltean hacia el cielo, lo añoran. Y en uno de ellos, te encuentro hasta el fondo de su altura depositado en dos plantas, quieres lanzarte, elevar tu cuerpo, caer, estrellar tus huesos, hacerlos pronto parte de la tierra al cruzar el concreto. Deseas un lanzamiento anónimo, como un saco en caída libre. Buscas sentir el dolor más insoportable y ser indiferente al sufrimiento. Das tu último paso, caes. A lo largo de diecisiete pisos, un listón se desdobla rápidamente, lo que fue, el hubiera te sigue hasta la raíz de un gris, blanco y negro.
El cascarón de un huevo cruje, la yema se escurre por la acera, se detiene el alrededor por lo largo de un respiro y renueva en el mismo lapso de tiempo. Los otros, aquellos seres inmunes al dolor externo continúan su camino, cuidando de no mancharse con lo que ahí se ha derramado, ni el cuerpo, ni el alma de otro quieren pensar en tocar ni siquiera con las plantas de sus zapatos. Yo también continúo mi camino.
Me introduzco a tu departamento. Repleto de libros, papeles, plantas y basura de la semana. Recorro los títulos de aquellos intentos de fantasía o realidad, ficción o verdad. El lugar es totalmente blanco, sus grandes ventanas dejan asomar el amanecer de un sol ingenuo. Te encuentro al centro de la cocina, sobre una frágil silla, frente a un plato hondo que parece más profundo que el golfo de algún mar.
En medio círculo adentro se encuentran pequeñas réplicas de espejos, diminutos trozos que te reflejan poro a poro. Viertes una taza de leche. Tomas una cuchara y logras un primer bocado. Al masticar sientes el suave tacto del líquido quedando en el olvido, mientras los pedazos de espejo se incrustan en las paredes de tu boca, el paladar, la garganta. Comienzas a ahogarte, una bola de dolor sofoca tu esófago. Pretender tragar y es inútil. Devuelves un poco de aquello. Inclinado sobre azulejo blanco, deshechas dragón un espeso rojo con algunos hilos del líquido en terciopelo que por primera vez en los pechos de tu madre buscaste. Un desayuno completo para empezar o terminar el día. Tus movimientos son mecánicos, el brazo hacia el plato, la cuchara a unos labios deshechos, masticando con mayor dificultad. Ahora solo queda un líquido rosáceo, con residuos de espejos en los que ya no te ves más. Tomas el plato y lo llevas de lleno a lo que queda de tu boca y tus labios, lo dejas caer estrellándolo con la cuadrícula de azulejo blanco. Sostenido en sufrimiento esperas el final, aferrado a una menos frágil silla. Te dejo solo y en paz.
En el piso de abajo, un nuevo departamento, te veo, sentada frente al escritorio recurriendo a papel y pluma. Después de varios inútiles versos, después de hojas de intento haz cambiado la pluma por lápiz. Lápiz de fina punta. Deseando traspasar con el filo esa hoja blanca. Esa hoja que ilumina, brilla, deslumbra. Espesa blancura, un bote de pintura densa dentro de un rectángulo. Estás harta de ti, de lo que conformas y anuncias con tu mirada, tus colores, tus gestos y tu cabello. Te levantas, desabrochas el pantalón, lo retiras de tus piernas y tu cuerpo, sueltas la blusa, y el brasiere, te arrancas lentamente los calzones. Tomas la hoja blanca dejándola sobre el piso. Uno de tus pies se deposita sobre ella, el otro siente frío. Con el lápiz en punta fina escribes sobre tu panza, tus piernas, aquellas palabras no se reflejan ni en papel ni sobre piel. Aprietas el lápiz, escribes con fuerza. La punta atraviesa tu piel. Delineas doble u, eme, be, erre, ge, cada vez con mayor esfuerzo. Caen gotas de rojo que se combinan con lo espeso blanco de la hoja. Escribes por todo tu cuerpo, lo abarca, en la parte de atrás de tus piernas, donde alcanzas de tu espalda, tus brazos, tu cuello, la cara, tus hombros. La sangre fluye hacia abajo. Son horas de adornarte en carmesí. Estás desfalleciendo, caes de rodillas, no derrotada pero sí sin más energía que la de un punto final, tomas el lápiz y lo introduces de tajo entre tus piernas deshaciendo tu traje de piel, te arrojas al charco has terminado tu relato. Salgo de la habitación y el departamento.
Regreso a mi morada. A mi cueva, a mis entrañas. Es necesario que yo continúe con este ritual. Sobre mi cama en sábanas blancas, me siento y espero. Me acuesto y pienso soy aquella que se escribió hasta desangrar; el otro que se lanzó en su último paso y el cual no pudo detenerse en su listón de memorias y sueños; soy aquella que vive en el infierno, que pretende terminar pero solo logra destruirse y renovarse en cada intento. El suicidio no es terminar. Ni la muerte. Ni el sufrimiento. Acostada continúo murmurando, palideciendo, delirando. Cierro los ojos mientras el pedazo de madera en mí está dentro, mientras caigo diecisiete pisos, mientra me arrolla un toro con alas de cuervo.
permanezcan en el olvido,
sino que celebra que los pensamientos altaneros y
malvados de su héroe estén en todos los hombres”
Conde de Lautréamont
Sobre la cama desierta a punto de morir con la mirada al fondo de una línea que se hace llamar techo, piensas. No vienen imágenes de momentos pasados. Tu niñez, tu pubertad, tu primera palabra ha quedado en otra parte, y esto lo agradeces. Tus padres, tus hermanos, la casa en la que alguna vez viviste flota inalcanzable ¿Cómo era la calle, el silencio que ahí se esparcía? ¿cómo eran tus vecinos? ¿tu cara frente al espejo? ¿cuál era tu nombre? Tantas veces creyeron llamarte, nombrarte y crearte; hoy resuelves que nunca lo lograron, continúas escapando.
Un olor a sábanas, aquellas que te envolvían en creaciones nocturnas. Olor a pan francés, canela y mantequilla. Aquellos platillos que partían de casa y a su regreso solo manchas y residuos. Algo existió, pudieras comprobarlo, antes de hoy algo hubo, nació en los adentros de alguna parte y murió en el intestino de algún ser. Pero esto no lo recuerdas, ni viene a tu mente entonces mejor…
Te levantas de la cama, después habrá tiempo para dormir, inundarte en el efímero constante o en el vacío. Cansado, tu cuerpo de metal, tus manos colgando en la espuma de lo incierto, suspendidas vienen y van en una tierra dependiente, su gravedad no permite avanzar, detiene, clava, pesa, aún hoy, cuando más enfermo encuentras al cuerpo. Hoy aumenta esa sed de dolor, de fuego, de hacinamiento, necesidad de finas agujas que lo perforen todo por dentro.
Vas cuesta arriba buscando esa larga pendiente hacia abajo. Así el esfuerzo, innecesario. Subir para bajar. Siempre para bajar.
Aquí el verano es peor que el infierno. En las calles los automóviles se avalanchan unos contra otros queriendo apagar el fuego entre avenidas. Seres incompletos vislumbras mendigando, van a la mitad de su cuerpo, se derriten clavados en las aceras mientras sus manos continúan estériles extendidas al cielo. No es sudor, es piel, piel líquida que recorre sus parpados, su cuello. Sus ojos se escurren en lágrimas, están ardiendo, evaporizando.
El sol se torna negro. Un velo oscuro lo convierte en reina. Desde su altivez lanza rayos perpetuos fulminantes que desgarran pero no causan la muerte. Qué es el hambre, el amor, el deseo. Mientras sigues en pies desnudos, extendiéndose las llagas, se revientan y renacen. Huellas en pus marcan tu destino, tu destierro al que habrás de retornar. Las nubes huyen, desaparecen, dando cetro completo a aquel inmenso dueño. Es la reina cubierta de negro, pasa, recorre recovecos, incuba miedo, desdibuja rostros, crea un mal reflejo, ensancha cuerpos, cielo, suelo, anhelo, hielo, sonrisas de hielo que antes de convertirse en agua ya son solo vapor en vuelo. Buscas una delicia, un último encuentro, en otro ser, que esté completo. Te aproximas a cualquier punto que parece real entre humo gris casi negro. Te arrastras puerta adentro fingiendo hambre de normal, plática casual, lo cotidiano. Te encuentras con un suelo cubierto de escamas, un olor a crío muerto sume a todos en inmovilidad. Te aproximas a aquel que explota en risas, queriendo atrapar alguna de ellas: un volcán que devuelve en tandas rastros de carroña. Te aleja, encuentras a otro más que se acerca y cree decir algo, de sus labios brotan peces muertos que viene el mesero a rejuntar. Retrocedes lentamente, tratas de no convulsionarte, te aferras a las mesas del lugar. Sales de vuelta al infierno que ahora quema menos, de lejos aquel mar desierto. Regresas a tus pies y a tus pasos y a querer encontrar aquel que te de una razón para volver a la cama y descansar.
No logras nada con pedir perdón. Intento vago, súplica, rasgas las cortinas en arrepentimiento. Buscando que se queme la culpa junto con la piel. El suicidio no. El suicidio es salir por la puerta trasera hacia el otoño, mientras continúas ingiriendo excremento.
La piel se desprende como pétalos de una rosa de días en florero. Brotan burbujas en piel que algunos cuentas hasta tres para darle un grado. Levantas la mano derecha para sumergir el dedo dentro de una llaga sintiendo un líquido blanquesino, se pega al dedo, como aquel que sale de la corteza del árbol al hacerle un corte. Arde, presionas más y más, quieres más, tu dedo es la herramienta de la ira, el rencor y resentimiento, de la culpa, el peso del pasado, del recuerdo, la memoria, el hubiera.
Sobre asfalto en incendio bailas de un lado a otro, al son de un viento que espina. Hierve un caldo negro denso, sumergidas tus piernas comienzan a patalear para llegar a la orilla, un torbellino te jala hacia adentro, peleas al llevar tus pies, boca y sueños.
Un punto crece, se aproxima, adquiere gran tamaño, color, se delinea, un toro blanco con alas de cuervo. Vértigo al centro de tus costillas. Quieres viajar en su lomo, quieres tomar el vuelo, cada vez más cerca escuchas el estertor de su respiración, ves la profundidad del vacío de un universo en su mirada, llega a ti inundando todo tu alrededor en una nube oscura, helada, de un frío extremo en ti congela todo. Me alejo.
Me precipito a la ciudad de México, era necesario llegar al inicio de este circo. A mi entrada mil rectángulos de concreto voltean hacia el cielo, lo añoran. Y en uno de ellos, te encuentro hasta el fondo de su altura depositado en dos plantas, quieres lanzarte, elevar tu cuerpo, caer, estrellar tus huesos, hacerlos pronto parte de la tierra al cruzar el concreto. Deseas un lanzamiento anónimo, como un saco en caída libre. Buscas sentir el dolor más insoportable y ser indiferente al sufrimiento. Das tu último paso, caes. A lo largo de diecisiete pisos, un listón se desdobla rápidamente, lo que fue, el hubiera te sigue hasta la raíz de un gris, blanco y negro.
El cascarón de un huevo cruje, la yema se escurre por la acera, se detiene el alrededor por lo largo de un respiro y renueva en el mismo lapso de tiempo. Los otros, aquellos seres inmunes al dolor externo continúan su camino, cuidando de no mancharse con lo que ahí se ha derramado, ni el cuerpo, ni el alma de otro quieren pensar en tocar ni siquiera con las plantas de sus zapatos. Yo también continúo mi camino.
Me introduzco a tu departamento. Repleto de libros, papeles, plantas y basura de la semana. Recorro los títulos de aquellos intentos de fantasía o realidad, ficción o verdad. El lugar es totalmente blanco, sus grandes ventanas dejan asomar el amanecer de un sol ingenuo. Te encuentro al centro de la cocina, sobre una frágil silla, frente a un plato hondo que parece más profundo que el golfo de algún mar.
En medio círculo adentro se encuentran pequeñas réplicas de espejos, diminutos trozos que te reflejan poro a poro. Viertes una taza de leche. Tomas una cuchara y logras un primer bocado. Al masticar sientes el suave tacto del líquido quedando en el olvido, mientras los pedazos de espejo se incrustan en las paredes de tu boca, el paladar, la garganta. Comienzas a ahogarte, una bola de dolor sofoca tu esófago. Pretender tragar y es inútil. Devuelves un poco de aquello. Inclinado sobre azulejo blanco, deshechas dragón un espeso rojo con algunos hilos del líquido en terciopelo que por primera vez en los pechos de tu madre buscaste. Un desayuno completo para empezar o terminar el día. Tus movimientos son mecánicos, el brazo hacia el plato, la cuchara a unos labios deshechos, masticando con mayor dificultad. Ahora solo queda un líquido rosáceo, con residuos de espejos en los que ya no te ves más. Tomas el plato y lo llevas de lleno a lo que queda de tu boca y tus labios, lo dejas caer estrellándolo con la cuadrícula de azulejo blanco. Sostenido en sufrimiento esperas el final, aferrado a una menos frágil silla. Te dejo solo y en paz.
En el piso de abajo, un nuevo departamento, te veo, sentada frente al escritorio recurriendo a papel y pluma. Después de varios inútiles versos, después de hojas de intento haz cambiado la pluma por lápiz. Lápiz de fina punta. Deseando traspasar con el filo esa hoja blanca. Esa hoja que ilumina, brilla, deslumbra. Espesa blancura, un bote de pintura densa dentro de un rectángulo. Estás harta de ti, de lo que conformas y anuncias con tu mirada, tus colores, tus gestos y tu cabello. Te levantas, desabrochas el pantalón, lo retiras de tus piernas y tu cuerpo, sueltas la blusa, y el brasiere, te arrancas lentamente los calzones. Tomas la hoja blanca dejándola sobre el piso. Uno de tus pies se deposita sobre ella, el otro siente frío. Con el lápiz en punta fina escribes sobre tu panza, tus piernas, aquellas palabras no se reflejan ni en papel ni sobre piel. Aprietas el lápiz, escribes con fuerza. La punta atraviesa tu piel. Delineas doble u, eme, be, erre, ge, cada vez con mayor esfuerzo. Caen gotas de rojo que se combinan con lo espeso blanco de la hoja. Escribes por todo tu cuerpo, lo abarca, en la parte de atrás de tus piernas, donde alcanzas de tu espalda, tus brazos, tu cuello, la cara, tus hombros. La sangre fluye hacia abajo. Son horas de adornarte en carmesí. Estás desfalleciendo, caes de rodillas, no derrotada pero sí sin más energía que la de un punto final, tomas el lápiz y lo introduces de tajo entre tus piernas deshaciendo tu traje de piel, te arrojas al charco has terminado tu relato. Salgo de la habitación y el departamento.
Regreso a mi morada. A mi cueva, a mis entrañas. Es necesario que yo continúe con este ritual. Sobre mi cama en sábanas blancas, me siento y espero. Me acuesto y pienso soy aquella que se escribió hasta desangrar; el otro que se lanzó en su último paso y el cual no pudo detenerse en su listón de memorias y sueños; soy aquella que vive en el infierno, que pretende terminar pero solo logra destruirse y renovarse en cada intento. El suicidio no es terminar. Ni la muerte. Ni el sufrimiento. Acostada continúo murmurando, palideciendo, delirando. Cierro los ojos mientras el pedazo de madera en mí está dentro, mientras caigo diecisiete pisos, mientra me arrolla un toro con alas de cuervo.
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